21/01/2009
Graciela MATURO (Buenos Aires)

RETRATOS I Ella dibuja filigranas sobre un tapiz de seda. Ella juega en su cuarto de soltera con volutas de humo. Se ama demasiado para querer salir al otro lado de la puerta, del muro bien pulido, de la alfombra mullida. Alguna vez salió; sintió el horror de un mundo vulgar y desprovisto de todo orden estético. Volvió a refugiarse entre las pulcras bibliotecas y los c romos delicadamente muertos. Ella mueve por última vez una ala seca. II Lo veo pasearse con sus ojos fijos de langosta o de pájaro. Mira a su alrededor sin ver, sin ver. Cada uno de sus ojos es un espejo en que las cosas se refractan. Nada pone en movimiento su sangre, nada lo incorpora a la vida. Registra algunas señales, reconoce al agua con la punta de una antena. Recorre minuciosamente un gran desierto, la pared. III Baja las escaleras con su viejo sombrero de flores negras. Lleva unos bolsos, se afana, los envoltorios escapan de sus manos. Jadea, los recoge una y otra vez. No levanta la vista, empuja con los hombros, avanza oblicuamente. Un niño se asusta al reconocer la pinza de un cangrejo que viene escalera abajo.
Ramón Héctor CUESTA (Buenos Aires - Caracas)

RIN RIN
Cuando ella llamó
yo pensaba volarme la cabeza.
Sus números pospusieron el estampido
-era tarde y la luna menguaba al rojo-.
Llegó por el alambre
y luego las bocas, las manos
y la crema enjuague.
Alguien tendría que saber cómo muerde,
cómo grita, cómo revienta.
Se fue por la mañana y volví al trago
y a seguir pensando en volarme la cabeza.
A POR TODO
Cada vez que la veo
se cuelga de mi cintura
y arde.
Piensa que a veces estoy sobrio
y busca descubrirme.
Lo que no sabe es aflojar
cuando me duele.
Es tan podrida que me olvido del trago
y de las rayas que se evaporan
desde el vidrio
transformándose en pegajosos
gusanos de aceite.
DOLOR
Sombras de pliegues.
Su haz de luz
llena las sábanas de roces.
Es buena cuando grita:
implora.
HAY UNA QUE ES PEOR QUE YO
Juego a malabares con tu bretel
cuando la noche secretea en las tinieblas
rumiando una sensación durísima y extraña
y me quedo en el orillo
en la piel que estremecen mis yemas
abierta apenas
entumecidas las puntas
hinchado el pecho cuando lo busco
y aquel indiferente que oye se asume
y abre las puertas al sembrador ciego.
Abres la boca, cierras los ojos
Ruges.
Francisco SQUEO ACUÑA (La Rioja, Argentina) Homenaje

CUENTO DEL MISHI Tuve un gato era negro perteneció a mi padre comía o saboreaba el pan con vino al volver de sus andanzas muchas veces lo vi feliz como un manto de zorzales Fue muerto a balazos un día de carnaval para festejo de la gente de la calle trece Según mi padre su mínino pagó el pujllay que se les seque el perejil, maldijo a los apetecibles bandidos Mi padre ya no tuvo otro gato el pan con vino se los daba a los gorriones con ellos se fue un otoño lo vi galopar por querer alcanzarlos No sabía que por envidia en el barrio a su gato lo llamaban fechor. EL HUÉSPED DE FUEGO Porque soy un ágil tarco que tira lilas en noviembre voy gastando los vapores del cansancio y la ilusión de los productos inefables. He raspado la picardía con ojos estallantes para perforar el miedo de la infancia que gime con gritos de silencio. Suspiro con el recuerdo de mis padres y con su voz ligada en el viento hago un desenvolvimiento de sorpresas. Con ello, violento la aureola de los necesitados. Voy poseyendo la velocidad del animal suicida, una inteligencia colmada por ancestros y la misma aventura para el vuelo. Ante mi mujer me inclino en su pira y en sus llamas me agilizo emocionado; estoy pidiendo tener concurso de reino en el valle de la imaginación y el carnet para viajar por las heridas de mi pueblo.
Antonio ALIBERTI (Buenos Aires) Homenaje
EL VIENTO EN BARCELLONA
Miraba el viento - el viento también tenía sus colores: era gris, a veces blanco y se volvía de plata en la frente de los campesinos. (La tierra es baja, baja, Señor y su espalda parece un hierro torcido). Pero el viento en Barcellona me susurraba miel entre las venas; me decía: "Levántate, Antonito, y canta canta canta una vez más". Y a esta altura - desde lejos - el dulce canto se dispersa: ya mi voz no emana hilos de oro. RAÍCES No hay mayor dolor que esparcir las propias cenizas por el mundo si acaso es mundo el imperceptible susurro de la hierba que crece con el impulso dulce de la infancia. Abandonar un cierto modo de vivir y de morir llevando los rasgos personales por sitios en que los rasgos no tienen espejos donde reflejarse y marchan en silencio extraviados como corderos que no hallan a sus madres y se alimentan sólo de desgarros en medio de la hierba amarga de la soledad. No hay mayor dolor que crecer sin darse cuenta la primigenia raíz sola y sin consuelo.
Ricardo RUBIO (Buenos Aires)

ETERNAMENTE AHORA
Siempre este ya pegado a los ojos.
A cada instante un segundo baladí,
un ahora infinito que nutre y azora
el presente de las indecisiones:
instantáneo, efímero.
Inaferrable.
DE REGRESO Me verán volver entre líneas de agua, simplemente, sin más deseos que partir gota entre las gotas. Será a plomo y en silencio, un paso inmóvil desde el umbral de la hondura. Me libraré del apego a las maderas de esta casa, a los bolsillos llenos de imponderables. Saldré de esta ropa, de este latido, para ser disperso. Me iré sencillo a conversar con la niebla. EL COLOR CON QUE ATARDECE (frag.)
(Cuando los bosques en tierras aún indecibles no imaginaban su follaje, cuando el sol era un punto con todos los puntos encendidos, cuando los astros eran fragmentos de un único astro incomprensible y loco, y la molécula vibraba en la insistencia, el escriba ya era parte de un recuerdo en la materia, y aunque sus ojos no atinaban ni el espíritu ni el hueso, ni el calor, ni la intemperie, en su inercia la vida planeaba la risa de la pasión y el cuarto oscuro de la ciencia. Luego un hombre entrevió el roce, la fisura, el músculo partido por la simple disolución de la franqueza. Y gimió.)
UNA MUJER SE TIENDE A LA INTEMPERIE Esa desnudez que extiende en el aire es la orilla de su forma, el tacto de su densidad. Pero su carne de mujer a gritos es ardid, crece única en la intención de la daga que presume la finta. No descansa su redondez enfebrecida, sucesivas ráfagas la colman de colores y son menos mortales si se arroja al temblor. A veces el ahogo, a una palma del aire, es la virtud del agua en que nada.
SANTIAGO BAO (Villa Gesell, Argentina)

DEMOSTRACIONES Leo y releo un poema y se filtran por las grietas de la mirada severa engaños sutiles sombras cosas que se aflojan verdades que se ignoran y que no se nombran, agachadas del alma por acatar la forma inclinarse ante la moda o rescatar de los cuartos oscuros de la memoria lo que no se dijo nunca, larvas de nuestra historia. Y esta lectura alejada a una certeza me inclina que si se quiere mentir la mediación de una poema será como una cortina que útil oculta los fines de las zancadillas vanas. SIETE DÍAS Este lunes se murió un amigo. El martes esa traición no la esperaba y mi mejor poema lo escribo en un sueño que se disipa al despertar. El miércoles las ollas de la abundancia se baten en las calles y en las casitas de chapa las de latón gimen la escasez. El jueves descubro que ya no se llevan estadísticas de cuántos mueren de hambre por día. El viernes todavía se puede saber que 2740 personas se suicidan por día en el mundo. El sábado se descubre que las aguas oceánicas son mayormente lágrimas de los que sufren. Por lo demás, hoy es domingo y es bien sabido que no es verdad que Dios descansa. LA VENTANILLA Hubo un tiempo en que trabajé de ventanilla: atendía a la gente detrás de un mostrador. Me quitaba mi vestidura de hombre a la entrada y la depositaba doblada cuidadosamente en un guardarropas. El resto, el trabajo en sí, era sencillo, aplicaba los Reglamentos, Leyes, Normas, Disposiciones, Estatutos, Reglas, Mandamientos, sin desviaciones, con firmeza, total era una ventanilla, transparente puerta vana, precario desenlace impermeable a lo distinto. Cuando regresaba por mi traje de hombre sentía que cada vez me quedaba más grande, como una reliquia o restos motivo que precipitó mi decisión de abandonar tan ruinosos menesteres. CANCIÓN DEL COCODRILO EMBALSAMADO Algo permanece de aquellos tiempos que no reflejan mis ojos de vidrio. Y aunque me manoseen con impunidad ignoro si sienten en mi piel quebradiza el resabio secreto de los ríos de esmeralda en que mi calma era el presagio de aquello que sería mi sustento. Oh, festines del atardecer en la armonía incandescente del río, qué lejos, mientras colmado de polvo y estopa permanezco en el olvido y la soledad embalsamada del ausente mesías.
Andrés UTELLO (San Marcos Sierras, Córdoba, Argentina)

Soy un hombre
en pie de guerra
un animal herido
que se yergue
a golpear el dolor
en sus dos rostros.
Soy un grito
en la pradera,
el sexo
de los espinillos
río que baja
por tu espalda.
Soy un hombre
en pie de guerra,
un relincho
una tormenta
nacido y muerto
en el relámpago,
en los extraños signos
de la palabra
grabada
en el enebro.
—
U
en la espesura
de todo lo que soy,
de lo que he sido.
Y sale mucho fuego
de la luna
y la noche es desierta
sin tu pelo.
Un dragón me observa
con su pena
y mi pena lo observa
estremecida.
Somos lo mismo.
Aunque usemos máscaras de hielo
somos lo mismo,
una palabra desnuda,
un tacto,
nuestros cuerpos temblando
por la tarde.
Somos simplemente
lo mismo,
vino que embriaga
el universo.
—
Que se moje la tierra
que se moje
la espalda del monte
y tu silencio
que corra un río
sobre esta soledad
que se refresque la tarde
Tanta menta!
Que se llegue
que se abrace
que un viento suave
nos conmueva
que llegue por aquí
la lluvia
que se moje tu boca
con el color de la verbena.
—
V
ajeno, enajenado.
Como dispuesto a la soledad
a tu mirada,
a los campos sin flores
y a la luna.
Vengo de todos los desiertos,
de la sal
de la cintura mansa
de la arena,
del silencio mineral
de tu tristeza.
Vengo de todos los desiertos
con la intacta frescura
de encontrarte.
Digo azul y el cielo
es un relincho claro.
Digo agua
y otra vez vuelvo a nombrarte.


